sábado, 11 de agosto de 2018

La naturaleza lo hace por nosotros


La naturaleza lo hace por nosotros

Por Carlos Pérez




Para temer por nuestras vidas, no hace falta que un espectro sobrenatural nos persiga y tenga intención de acabarnos, sólo hace falta darse cuenta que cualquier cosa en el mundo tiene el potencial destructivo para borrarnos del mapa: un guijarro a la vera del camino; un escalón con algunos milímetros de más; incluso, si a voluntad, bebemos varios vasos de agua más de los que necesitamos; el roce de una aguja; las enredaderas de un estanque… Mientras lees esto, podrías haber desencadenado una serie de eventos que podrían terminar en una absurda tragedia, al mejor estilo hollywoodense. Destino. La consecución de un inexorable misterio. Incomprensible. Irónico y cruel, otras veces. Si una solitaria mujer en cinta, una tarde en la que quiso pasar por el camposanto a visitar al padre de su hijo, se vuelve antes de salir porque está haciendo mucho frío afuera y va hasta su armario a tomar algún buen abrigo, el que está en el rinconcito más alto, que apenas alcanza con la punta de los dedos, lo toma, pero el peso de Crispín en su vientre, que ha despertado por el esfuerzo, la arroja precipitadamente al suelo… ¿Es aquello el destino? Rulfo es lapidario sobre este asunto: la vida no es muy seria en sus cosas.

Pero apartándonos de eso y volviendo al comienzo. Patricia Highsmith sí que sabe del potencial de cada pequeña cosa en los designios de la muerte. A través de la prosa de Highsmith, la naturaleza se convierte en un vórtice que lo devora todo; va reptando despacio hasta tocar la puerta de la casa.
En esta ocasión se trata de la familia Sievert: Elinor, su hijo Chris y su marido, Cliff, que había muerto en un accidente de avión hacía unos meses, y para ella, mudarse a Luddington era su manera de volver a comenzar. Por el trabajo no habría problema, Elinor era una periodista independiente y desde allí podría trabajar en su artículo, que trataba de autoayuda con problemas legales. Podría ir a la biblioteca de Hartford, que tenía hemeroteca, e investigar un poco. La primera en saludar fue Jane, su amable vecina. Le ofreció solidariamente su ayuda para cualquier situación, como cualquier buen vecino. Y bien que la necesitaría después, sobre todo cuando vea que la carpa que ha comprado para el estanque se ha muerto, y las enredaderas del estanque asoman vertiginosamente sus tentáculos, retorciéndose alrededor de los tobillos apenas se acercaba, como invitándola a entrar.

El primero en notar las malezas del estanque fue Chris (su nombre parece una reminiscencia de Crispín), que a su  imaginación infantil se le antojaron serpientes. Elinor se lo temía, que Chris se viera atraído por los misterios que pudieran brotar de su imaginación y que los ponía en el lago; que para Chris, en el lago bulleran todo tipo de fantasías, y que sólo había que dar un salto para atraparlas. Al primer intento de Chris por vadearlo, sus pies resbalaron por la orilla fangosa. Elinor furiosa, pero sobre todo, para sentir que tenía todo el control del asunto, pidió a Jane el número de alguna compañía que pudiera venir y drenar el lago. Fue cuestión de una llamada y al día siguiente estaban allí los trabajadores. Ella aprovecharía para trabajar en su artículo. Viendo la cuenca que había quedado, hizo una tierna reprimenda a Chris para que no volviera a caminar cerca de la orilla. Le procuraba un cierto alivio de sus horribles pensamientos ver el barro del fondo del estanque secándose al sol. Luego trataba de no pensar más en eso, en que Chris era un buen niño, eso se lo confirmaban sus ojos azules al prometerle no acercarse al estanque sin su supervisión. Entonces procuraba pasar con él todo el tiempo que estuviera afuera: trabajaban en el jardín plantando algunos rábanos. Al volver adentro luego de trabajar en el jardín, cayó un fuerte aguacero que mojaba sus plantas sin que ella tuviese que hacerlo, la naturaleza lo hacía por ella, pero toda el agua que no caía a sus plantas, caía al cuenco vacío del estanque, llenándolo otra vez para que en sus aguas se reunieran para siempre los Sievert.
La Naturaleza es imparable. Al decir de Borges: Dios, Tiempo, Destino, ¿no serán todos nombres de la misma cosa?

jueves, 2 de agosto de 2018

Donde viven los monstruos


Donde Viven Los Monstruos

Autor:  Maurice Sendak  
Max es un niño travieso, es el rey de los monstruos. Con su traje de lobo blanco puesto dará un viaje por todo el oscuro mundo de los monstruos; caminará por las tenebrosas selvas y cruzará los mares, como un travieso Ulises. Este niño representa sin discusión alguna el viaje del héroe, el viaje psicológico de la habitación quieta, en el que de regreso acosado por la nostalgia, llega con un don maravilloso y un cambio supremo en su alma infantil.
Pueden existir varias interpretaciones de este magnífico libro infantil, y todas ellas serán ricas y posibles, ya que esta obra no se agota. Está cargada de simbología fantásticamente real, y es que Sendak no deja nada al azar: Las ilustraciones dan la sensación de ser un mundo completo que muchas veces se burla del nuestro, como por ejemplo cuando Max tiene el martillo en sus manos este posee un tamaño alarmante, los niños juegan a trabajar, o mejor aún, se burlan del trabajo. El símbolo más inquietante es el de su traje, en los cuentos el lobo es sinónimo de la maldad humana, de la bestialidad que le aúlla a la luna, que la festeja desenfrenadamente, que da órdenes injustas, este niño solitario encarna la energía dionisiaca en potencia. Otro aspecto importante que no hay que olvidar es que el niño-lobo siempre se encuentra solo en las ilustraciones, nunca se le ve con otro humano, la madre lo regaña siempre fuera de imagen y esto es simplemente inquietante.
Maurice Sendak en su tiempo llegó hacer muy controvertido por el contenido de su libro, que  fue publicado a mediado de los años sesenta, es de entender, la lógica estadounidense siempre ha sido así, de contrastes casi monstruosos.
Por: Alan Sigmalión

La naturaleza lo hace por nosotros

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