sábado, 11 de agosto de 2018

La naturaleza lo hace por nosotros


La naturaleza lo hace por nosotros

Por Carlos Pérez




Para temer por nuestras vidas, no hace falta que un espectro sobrenatural nos persiga y tenga intención de acabarnos, sólo hace falta darse cuenta que cualquier cosa en el mundo tiene el potencial destructivo para borrarnos del mapa: un guijarro a la vera del camino; un escalón con algunos milímetros de más; incluso, si a voluntad, bebemos varios vasos de agua más de los que necesitamos; el roce de una aguja; las enredaderas de un estanque… Mientras lees esto, podrías haber desencadenado una serie de eventos que podrían terminar en una absurda tragedia, al mejor estilo hollywoodense. Destino. La consecución de un inexorable misterio. Incomprensible. Irónico y cruel, otras veces. Si una solitaria mujer en cinta, una tarde en la que quiso pasar por el camposanto a visitar al padre de su hijo, se vuelve antes de salir porque está haciendo mucho frío afuera y va hasta su armario a tomar algún buen abrigo, el que está en el rinconcito más alto, que apenas alcanza con la punta de los dedos, lo toma, pero el peso de Crispín en su vientre, que ha despertado por el esfuerzo, la arroja precipitadamente al suelo… ¿Es aquello el destino? Rulfo es lapidario sobre este asunto: la vida no es muy seria en sus cosas.

Pero apartándonos de eso y volviendo al comienzo. Patricia Highsmith sí que sabe del potencial de cada pequeña cosa en los designios de la muerte. A través de la prosa de Highsmith, la naturaleza se convierte en un vórtice que lo devora todo; va reptando despacio hasta tocar la puerta de la casa.
En esta ocasión se trata de la familia Sievert: Elinor, su hijo Chris y su marido, Cliff, que había muerto en un accidente de avión hacía unos meses, y para ella, mudarse a Luddington era su manera de volver a comenzar. Por el trabajo no habría problema, Elinor era una periodista independiente y desde allí podría trabajar en su artículo, que trataba de autoayuda con problemas legales. Podría ir a la biblioteca de Hartford, que tenía hemeroteca, e investigar un poco. La primera en saludar fue Jane, su amable vecina. Le ofreció solidariamente su ayuda para cualquier situación, como cualquier buen vecino. Y bien que la necesitaría después, sobre todo cuando vea que la carpa que ha comprado para el estanque se ha muerto, y las enredaderas del estanque asoman vertiginosamente sus tentáculos, retorciéndose alrededor de los tobillos apenas se acercaba, como invitándola a entrar.

El primero en notar las malezas del estanque fue Chris (su nombre parece una reminiscencia de Crispín), que a su  imaginación infantil se le antojaron serpientes. Elinor se lo temía, que Chris se viera atraído por los misterios que pudieran brotar de su imaginación y que los ponía en el lago; que para Chris, en el lago bulleran todo tipo de fantasías, y que sólo había que dar un salto para atraparlas. Al primer intento de Chris por vadearlo, sus pies resbalaron por la orilla fangosa. Elinor furiosa, pero sobre todo, para sentir que tenía todo el control del asunto, pidió a Jane el número de alguna compañía que pudiera venir y drenar el lago. Fue cuestión de una llamada y al día siguiente estaban allí los trabajadores. Ella aprovecharía para trabajar en su artículo. Viendo la cuenca que había quedado, hizo una tierna reprimenda a Chris para que no volviera a caminar cerca de la orilla. Le procuraba un cierto alivio de sus horribles pensamientos ver el barro del fondo del estanque secándose al sol. Luego trataba de no pensar más en eso, en que Chris era un buen niño, eso se lo confirmaban sus ojos azules al prometerle no acercarse al estanque sin su supervisión. Entonces procuraba pasar con él todo el tiempo que estuviera afuera: trabajaban en el jardín plantando algunos rábanos. Al volver adentro luego de trabajar en el jardín, cayó un fuerte aguacero que mojaba sus plantas sin que ella tuviese que hacerlo, la naturaleza lo hacía por ella, pero toda el agua que no caía a sus plantas, caía al cuenco vacío del estanque, llenándolo otra vez para que en sus aguas se reunieran para siempre los Sievert.
La Naturaleza es imparable. Al decir de Borges: Dios, Tiempo, Destino, ¿no serán todos nombres de la misma cosa?

jueves, 2 de agosto de 2018

Donde viven los monstruos


Donde Viven Los Monstruos

Autor:  Maurice Sendak  
Max es un niño travieso, es el rey de los monstruos. Con su traje de lobo blanco puesto dará un viaje por todo el oscuro mundo de los monstruos; caminará por las tenebrosas selvas y cruzará los mares, como un travieso Ulises. Este niño representa sin discusión alguna el viaje del héroe, el viaje psicológico de la habitación quieta, en el que de regreso acosado por la nostalgia, llega con un don maravilloso y un cambio supremo en su alma infantil.
Pueden existir varias interpretaciones de este magnífico libro infantil, y todas ellas serán ricas y posibles, ya que esta obra no se agota. Está cargada de simbología fantásticamente real, y es que Sendak no deja nada al azar: Las ilustraciones dan la sensación de ser un mundo completo que muchas veces se burla del nuestro, como por ejemplo cuando Max tiene el martillo en sus manos este posee un tamaño alarmante, los niños juegan a trabajar, o mejor aún, se burlan del trabajo. El símbolo más inquietante es el de su traje, en los cuentos el lobo es sinónimo de la maldad humana, de la bestialidad que le aúlla a la luna, que la festeja desenfrenadamente, que da órdenes injustas, este niño solitario encarna la energía dionisiaca en potencia. Otro aspecto importante que no hay que olvidar es que el niño-lobo siempre se encuentra solo en las ilustraciones, nunca se le ve con otro humano, la madre lo regaña siempre fuera de imagen y esto es simplemente inquietante.
Maurice Sendak en su tiempo llegó hacer muy controvertido por el contenido de su libro, que  fue publicado a mediado de los años sesenta, es de entender, la lógica estadounidense siempre ha sido así, de contrastes casi monstruosos.
Por: Alan Sigmalión

sábado, 30 de junio de 2018

Los Cretinos de ROALD DAHL

LOS CRETINOS



Autor ROALD DAHL
Nº de páginas: 112 págs.
Encuadernación: Tapa blanda
Editorial: ALFAGUARA
ISBN: 9788420449029
La señora Cretino le juega una broma espantosa y pesada a su esposo, el señor Cretino le contesta con una broma todavía más pesada y cruel. Las venganzas de pareja es su diario y cómico vivir. Ellos tuvieron a lo largo de su vida malas ideas, y, según el libro esto crea una profunda transformación que los hace seres viles, feos, sucios y rencorosos. La vida de la señora y el señor Cretino se basa en la maldad y poder disfrutar del dolor ajeno.  
Este libro infantil tiene ideas extravagantes pero creíbles, sucesos que te llenarán de risas con muecas de repulsión. Si quieres saber qué le sucede a la pareja de cretinos te invito a que leas este libro.  

El progreso de la venganza.  
Un concepto formidable de este libro infantil es la delirante idea de la pequeña venganza sumatoria,  que crea una gran venganza. Esto ocurre en un ajuste de cuentas del viejo Cretino contra su esposa. Cada noche pegaba el viejo trozos de madera (no más gruesos que una moneda) al bastón de la señora Cretino y poco a poco, muy poco a poco fue creciendo su gran venganza delirante que me hace recordar la tortura asiática del bambú, en donde la planta crece lentamente hasta encontrar a su víctima. En síntesis, es un libro que en cierta medida vale la pena leerlo.

Por
Alan Sigmoide




 


viernes, 29 de junio de 2018

Algunos relatos orientales

Algunos relatos orientales



                                                      
Escrito sobre: 


Obra: Algunos espectros orientales
Autor: Koizumi Yakumo
Editorial: Libro al viento.
Año: 2011
Género: Cuentos



Obra: Cuentos de China y Tíbet

Autor: Lotta Carswell
Editorial: Norma
Año: 2011 
Género: Cuentos





"El poeta está envuelto en el humo de su pipa, y dice:

¡Oh! ¡El sueño! Por él vivimos muchas vidas distintas; él nos
libertad de la esclavitud del ser. Ser de un modo, ¡qué triste...! "
                                                 Fernando González


Las costumbres obedecen a los valores intuitivos, como dice William Ospina, y estos a través del lenguaje adquieren y se enriquecen de una forma  simbólica: todo tiene que ver con todo. Aquél lenguaje vivo se mezcla con los sueños y recuerdos, creando una memoria colectiva que se expresa en la palabra, en el relato.

Hace muy poco tiempo me enteré de cómo el gallo cantor se había ganado su corona. Que en el extremo occidente del Tíbet, en el reino de Sekkim, construyeron una torre que se izaba hasta el cielo y que todo ello inició  por un granjero que amaba sus cerdos. De la extraña historia de unos mágicos seres diminutos hechos en madera y al servicio de una señora que los hacía crear, cultivar y moler una misteriosa harina de trigo; luego la señora  utilizaba esta harina para hornear viandas deleitosas que brindaba a sus residentes al amanecer como desayuno, transformando a los incautos viajeros en burros. Es imposible no recordar aquella alegre e infortunada marioneta de madera que, al quedarse cinco meses sin escuela y en una entrega total al divertimento, se contagió de la fiebre de burro; luego en ese estado lamentable lo vendieran a un circo. De una manera muy similar, en este cuento chino, la señora número tres arriaba con un látigo largo  a sus desgraciados residentes transformados en jumentos. En la comunión de estos dos últimos relatos yace la extrema confianza de los futuros burros.

El tiempo, máximo regente de las culturas vivas y muertas, se expresa de una forma  divina en un sublime relato japonés. En esta historia, el tiempo es moldeado como un bello y fatídico sueño de un góshi (que es propietario rural y soldado-granjero) llamado Akinosuké; en este relato el resultado mágico, más que el acontecimiento, es el transcurso temporal.  Esta misteriosa concepción  del tiempo está muy arraigada en el vientre oriental y la podemos ver  en el Dios Visnú, el regente cósmico que nos sueña y sueña la realidad, y también en Sidarta Guatama,  que según la gloriosa historia oriental, era el iluminado, Buda  o despierto, de esta dolorosa realidad.

El que lea aquellos relatos asiáticos tiene la posibilidad de ver cómo al caerse  las pinturas de los peces en el lago, se desprenden del papel y ¡se alejan  nadando a las profundidades del Oriente!

Por Alan Sigma 




viernes, 25 de mayo de 2018

La historia de todas las esperas


  • Todos estábamos a la espera
    • Autor: Álvaro Cepeda Samudio
    • Tapa blanda: 175 páginas
    • Editor: Editorial Popular; Edición: 1 (2005)
    • ISBN-10: 8495920123
    • ISBN-13: 978-8495920126



Y en esperar que pasen los tres años, el tiempo nunca pasa.
Juan Rulfo

A la mañana, al salir a trabajar, un hombre se sienta en el único banco que hay en el paradero de buses a esperar. Piensa en la cama desordenada y tibia que acaba de dejar, en el remedo de café que tomó y las migajas que dejó sobre la mesa para que un gato merodeador las devore parsimoniosamente. El bus se demora y el hombre comienza a desesperar. Se imagina que llega tarde a su trabajo, que tiene su maletín frente a él tomado con ambas manos como si le pesara bastante, tiene su sombrero puesto porque del susto no se lo quitó y ahora su jefe, mientras lo reprende por su retraso le pide que se lo quite para poder verlo a los ojos, que vea en sus lentes oscuros su propia miseria. Sin abandonar su maletín lo pone entre sus piernas y humillado se quita su sombrero estropeado por el viaje en el bus. Sus cabellos se desordenan y una gota de sudor se resbala por la oleaginosa mejilla. El hombre no quiso ducharse porque temía que el bus pasara y él no estuviera allí cuando lo hiciera. Teme que su jefe se dé cuenta de su incipiente hedor. Va a su cubículo. En su casa dejó algunas cosas que debía traer: los ganchos para su grapadora, un borrador de nata manchado, su sombrilla, y piensa en dónde dejó cada cosa: los ganchos están en el cajón de en medio de su mesa de trabajo; tiene varios borradores metidos en un frasco sobre la mesa, todos a medias, limpios, pero él usa el manchado; la sombrilla está junto a la puerta, había permanecido en la bañera todo el fin de semana y en la madrugada, cuando se levantó por una sed repentina, salió de su habitación, por el corredor miró hacía el baño y creyó ver que había un hombre agazapado en la bañera, en cuclillas, haciendo quién sabe qué cosas, el mismo hombre que veía de niño en todos lados: bajo la cama, afuera, en los árboles y que le golpeaba la ventana. Pero ya era un hombre, vivía solo, y el hombre que veía se había ido cuando él entraba en la pubertad. Entró al baño a oscuras y tomó la sombrilla por el bastón, intentando cerrarla, tropezó y se mojó su pie izquierdo con el agua que quedaba aún en la bañera. Lanzó un juramento y sacó bruscamente la sombrilla, la dobló y la tiró hacía la puerta. Unas horas después frente a la ducha, recordó la sensación fría del agua en su pie que acentuaba el recuerdo de su gruesa media de algodón mojada, y su pretexto para no bañarse fue entonces la premura del bus por dejarlo esperando en el paradero. Y allí estaba, temprano en la mañana esperando el bus y aún no pasaba, tampoco había llegado tarde todavía. Hubiera podido dormir otro rato…

Ese mismo hombre piensa luego en otra cosa, cuando está en el bar, sólo que en el bar no dice que se trata de “él”, sino de “nosotros”. No está en su trabajo y no tiene que echarse solo la culpa, en el bar puede hablar de nosotros, como un miembro devuelto al seno de la humanidad. El hombre se junta con nosotros a esperar. Álvaro Cepeda Samudio, dice que esta vez espera a alguien, a una mujer, que sabe que en cualquier momento va a llegar y no pueden irse. Entonces van a la misma hora, a veces sin plata entonces ponen solo una canción para esperar a que llegue, se acaba la canción, se van y vuelven al rato. Una vez el dueño que ya los ha visto por ahí, dice que pueden tomar lo que quieran, entonces ya no tienen que irse, pueden quedarse y tomar un trago. Otro tipo llega a esperar al bar. Sin haberle preguntado, dice que también espera, que desde hace un tiempo está esperando, que lloró una vez y que ahora espera. Y mientras lo ven esperar, de reojo apenas porque él todavía no es uno de nosotros, el hombre recuerda a Madeleine, el café que le dio en la estación del tren cuando se estaba quedando dormida, queriendo quedarse con ella, o irse con ella. Esperando en el bar llega Madeleine a pedir a nosotros que no la esperen más, y está bien. Madeleine está ahora esperando en la calle a que pase el bus.

A veces nosotros son sólo 2 nomás: Vladimir y Estragón, que esperan a un tal Godot que nunca llega, pero que puntualmente manda a uno de sus criados a avisar que no va a venir pero que mañana sí lo va a hacer, que lo esperen. Y lo esperan.

Eligio García Márquez escribió Para matar el tiempo. Y es el mismo hombre, que espera una mujer, la hija del dueño de medio mundo en Cartagena; una mujer a la que ve partir. Y esperando espera que su vida cambie; sus amigos se emparejan, pelean, unos se van. Y él se queda esperando, oyendo discos y leyendo, que son vicios del que espera.

La literatura es la historia de todas las esperas. No quería decir más, pero algo tenía que decir mientras esperaba, lector, a que llegaras hasta aquí.


Por :
Carlos Pérez


lunes, 14 de mayo de 2018

Ficções / Ficciones desde Brasil

Ficções
Ficciones desde Brasil
Edición: Bogotá, abril de 2012
Autores:
Joaquim María Machado de Assís
Afonso Henriques de Lima Barreto
Graciliano Ramos
Clarice Lispector
Rubem Fonseca
Dalton Trevisan
Nélida Piñón
Marina Colasanti
Tabajara Ruas
Adriana Lunardi
Isbn: 978-958-99935-9-0









Los cachorros del sur

Tú al morir presentías vagamente

vivir en mi memoria.

– Miguel de Unamuno


La reverberación en la tierra de los dioses que caminaban con los hombres, que los veían desde los cielos, desde la luz dorada del sol altísimo o desde la amorosa mirada de la blanca nodriza nocturna, ha aclimatado a los perros a correr acuciados por el calor del hambre, les ha enseñado del pillaje nocturno y de las correrías de la caza para sobrevivir. El sol, desde lo alto, como un niño que juega a quemar a las hormigas, ha reunido a hombres y canes a la sombra de los techados de zinc o bajo las tejas de barro, a compartir, casi exclusivamente, el hambre, repartida en platos de arroz apenas cocido o de maíz sancochado. Ha juntando sus orfandades en hogares precarios, donde encuentran consuelo en miradas conmovidas por otra tragedia como la suya; abandonados a sí mismos; han trucado la compañía en afecto, y en últimas, han caminado juntos sobre las huellas de sus antiquísimos ancestros, y estos, sobre las del primer hombre, que desertó de la humanidad, y encontró en su soledad a una bestia de ojos acuosos, triste y callada como él, que convino en llamar su mejor amigo.
En pajonales junto a las chacras o en ranchos de lata, el hombre se ha atrincherado junto a su familia, y en ocasiones debe echar a suertes la vida del perro; que muera por pura piedad para evitarle la penosa enfermedad o por pura negligencia cuando el pillaje amenaza por acabar los pocos recursos. Cooper, el dueño del fox-terrier blanco que Horacio Quiroga da el nombre de Yaguaí, sí que sabe de eso, cuando en una estación de calor en Misiones y molesto por los asaltos a su corral dispara a tientas una noche para ahuyentar a los perros.
Fabiano es el otro caso, toma su escopeta, la lija y la limpia, porque no puede dejar a Baleia en esas condiciones. Mientras tanto doña Victoria, apenada y conmovida toma a los dos niños, los lleva a la habitación y con sus manos y sus muslos tapa los oídos a sendos niños. Baleia, una perra enferma por brotes y secreciones cutáneas confundidas con principios de hidrofobia, amarrada piadosamente a una estaca, temerosa porque no entiende la situación, después de un fallido disparo en una de sus patas, pierde lentamente la visión, por el sol y como si se le fuera con la sangre que pierde cada minuto que Fabiano toma para recargar el arma. Y descubrimos en Baleia, de la mano de Graciliano Ramos, la humanidad contenida en la pequeña perra uncida a la alegre actitud de no saber de nada que traen siempre los perros. En agonía, Baleia empieza por odiar a Fabiano, por querer morderlo, pero cómo, si había nacido junto a él y no había visto otra cosa sino a Fabiano, a doña Victoria y a sus hijos, con quienes se revolcaba en las piedras. Luego de la oscuridad de sus ojos, Baleia despertaría otra vez feliz, para lamer las manos de Fabiano y dar vueltas con los niños, todos juntos en un corral que no había visto nunca pero sabía que era de ellos, que allí permanecerían.
Son todos perros habituados al calor y a la muerte moviéndose a plena luz. Entonces también pasa que es el perro que ve las anunciaciones de la muerte. Como la que descubrió Old, en La Insolación, el más joven de los fox-terrier de míster Jones, la muerte confundida con su amo, sentado en un tronco en pleno sol en Misiones. La cuadrilla, día y noche cuida de su amo, permanece muy cerca de la casa, aguzando el oído, pero para todos nosotros la muerte es una fatalidad.
Con la certeza de la noche, el sol se oculta a la hora acostumbrada.



Carlos Pérez.


Lee el libro en:


lunes, 30 de abril de 2018

V DE VENDETTA cómic




Editor: Planeta DeAgostini (20 de septiembre de 2006) 
Colección: Vertigo
Idioma: Español 
ISBN-10: 8467420928 
ISBN-13: 978-8467420920




El fuego del anarquismo que se oculta tras la máscara

1988 Londres, inglaterra.

Después de una gran guerra nuclear en donde desaparece por completo el continente africano y el clima es destrozado, nace un régimen fascista denominado el Fuego Nórdico. El ambiente de esta novela gráfica es realmente opresivo, se lee en las calles carteles como: “fuerza mediante pureza. Pureza mediante fe”, Es esta fuerza política quien toma el control de una Inglaterra en la absoluta miseria, restableciendo el orden con una violencia poderosa, la fuerza del odio; se crean los campos de “reasentamiento” en donde matan, torturan y utilizan para experimentos a las personas que iban en contra de los ideales del régimen. Es en ese crisol que se encuentra V, el amante anarquista, el ser que se encuentra detrás de la máscara que simboliza cualquier persona oprimida y violentada por los regímenes que no aceptan la diferencia. La máscara poderosa está inspirada en Guy Fawkes, el conspirador de la pólvora, y detrás de ella arde inmortal las ideas de la libertad absoluta del individuo.
V. Es el nombre del personaje de Alan Moore, V es el nombre que elige el vindicador, V es el ser que actúa con vejación, mientras que todos los otros, silenciosos, aceptan pasivos y sin reproche a la bestia del odio: Un ser muy enigmático se levanta contra el orden establecido, la oveja negra de una Inglaterra fascista, a quien el investigador SR. Bishop consternado lo describe como “… Alguien que no pertenece a la gente normal… Sea física o mentalmente. Es lo de “mentalmente” lo que me preocupa.” Y es que la mente siempre ha sido un disgusto para muchos, tanto para el poder que desea controlarlas como para él seres alienados que la venden por una seguridad ficticia.


Te invito a leer un “Mundo que se marchitó deslumbrado con las candilejas nucleares” A que leas la obra del gran Alan Moore, taumaturgo que impuso su ficción, su símbolo a la realidad social “anonymous”. Recomiendo la obra porque es muy actual, en este mundo cargado de fascismos psicopolíticos. Porque te hace reflexionar de la sociedad que habitamos y el lugar que ocupamos, como fichas de dominó en forma de V letal.

Por

Alan Sigma




sábado, 31 de marzo de 2018

LA MADRE Y LA MUERTE/ LA PARTIDA



Editor: Fondo Cultura Economica (4 de julio de 2016)
Tapa dura: 64 páginas
Autores: Alberto Laiseca/ Alberto Chimal
Ilustrador:  Nicolás Arispe
Colección: A La Orilla Del Viento
ISBN-10: 6071629292









“Toda montaña sabe que si la muerte quiere
puede desgastarla y desaparecerla en un segundo.”
Laiseca



Veo al par de Madres, la oscuridad que las ronda, la crueldad que las abraza en sus reflejos… Siempre que termino esta obra siento que se me oprime el pecho, como si caminando estuviera la Pesadilla de Heinrich Füssli.

Esta narración gráfica tiene dos caras, por una, la Muerte va transitando en su campaña como un temible soldado – La Madre y La Muerte de Alberto Laiseca– por la otra, una calavera infantil se sienta estática mientras es fotografiada – La Partida de Alberto Chimal–. Estas dos obras poseen la misma temática, similar ironía oscura de ese ser ineludible, también al mismo ilustrador, Nicolás Arispe.

Laiseca en su incomparable forma de relatar, fina por el tiempo como un jacarandá estacionado de luthier, nos lleva a la orilla del río Rin enorme, profundo, tempestuoso. Cerca al río hay una madre solitaria viviendo en una vieja cabaña, allí protegerá a su hijo hasta de la mismísima muerte. Acompáñala en su oscuro y fatal camino. Esta obra es una adaptación de un cuento Christian Andersen “Historia de una madre” aunque prefiero inclinarme a pensar que es anónimo y alemán – ciertamente esto solo lo sabrá el Rin–. Este relato que se supone es infantil (esta etiqueta no debe engañar a ningún lector como en toda buena obra) te hará sentir ese extraño acontecimiento ineludible, cuando viene la muerte y toca la puerta.


En LA PARTIDA, admiro como el autor encuentra el origen de la tristeza. Esta obra comienza cuando una Madre ve morir en un temblor espantoso a su pequeño hijo. La ciudad de Appa queda demolida al igual que la Madre, aferrada a los restos de su hijito muerto, esta no se resigna y le ruega a los dioses, ellos responden a sus ruegos con el peso de la ironía. En este relato observarás el cambio gradual de la alegría, al terror absoluto.


Las ilustraciones de Nicolás Arispe son de una calidad prodigiosa: desoladoras, genera un ambiente oscuro y enigmático, estas se encargan de mantener un hilo de gran opresión hasta el último momento. Las gráficas invitan a observar cada detalle, cada símbolo, son bastante inquietantes y logran entreverar muy bien las obras, haciéndolas indisolubles. Las magníficas ilustraciones de Arispe hacen recordar los libros de Edward Gorey esto a mi entender evidencia la gran técnica de su obra.

Nota curiosa

En relato de Laiseca cuando la Muerte llega a su casa con el niño en brazos cruza un arco que dice SPES ALTERA VITAE, arriba de esta frase latina se encuentra una estatua alegórica a la muerte. La frase y la estatua se inspiran en una antigua capilla de Amsterdam llamada Sint Olofskapel. Este detalle crea en mí una duda como la de: ¿cuánto se arrastró la pobre Madre con su único brazo.?


Por
Alan Sigma


La naturaleza lo hace por nosotros

La naturaleza lo hace por nosotros Por Carlos Pérez Para temer por nuestras vidas, no hace falta que un espectro sob...